Normalmente escucho atentamente las palabras que emiten las personas que me rodean...ellas me dan indicios valiosos de la concepción que tienen de la vida, de su propia imagen personal y de la actitud con la que se enfrentan a las distintas experiencias.

Por ello siempre soy consciente de lo que digo, suelo pensar antes de hablar y siempre que emito una valoración, opinión, afirmación...procuro que sea constructiva y basicamente facilitadora de objetivos plausibles.

Las palabras que al fin y al cabo son meros sonidos provocados por las distintas posturas fonadoras de nuestras cuerdas vocales, estan cargadas de intención, sentimiento e incluso creación...hay quien las utiliza escasamente, quien tiene un repertorio grosero, quien solo utiliza aquellas que miman la autoestima y sobre todo me encanta quien posee un vocabulario amplio y versatil.

Hoy escuche a una de esas personas que suele nombrar todo con vocablos nada coloquiales...es normal escucharle decir baladí, falacia, erial, yermo...y así un sinfín de términos que enriquecen su expresión oral y escrita...pero hoy el poseer tal vocabulario le supuso el ataque de su interlocutor...comento que ocurrió:

"Iba este señor, tranquilamente con su automóvil, hacia su trabajo; cuando de foma imprevista un anciano en su moto se le cruzó imprudentemente...ante tal hecho ambos frenaron inmediatamente y se miraron fijamente. Al ver como el anciano le taladraba con la mirada...él muy educado y con un tono equilibrado de voz , le dijo:

- No me mire de soslayo, que menuda podiamos haber armado.

Al escuchar la parrafada, el anciano, muy airado y alterado, le contesto con un grito:

- SOSLAYO, tú."